
Cuando hablamos de transición energética se suele centrar el debate en la producción de la energía, focalizándose en la expansión de las renovables, la irrupción del hidrógeno verde o los grandes objetivos de descarbonización de la economía que marcan tanto la Comisión Europea como los planes nacionales. Sin embargo, existe un eslabón de la cadena energética, mucho menos visible, pero al mismo tiempo fundamentalmente decisivo como es el transporte y la distribución de la energía por medio de las redes eléctricas.
Sin redes capaces de evacuar, transportar , distribuir y equilibrar el nuevo mix energético, cualquier discurso de neutralidad climática se convierte en retórica vacua. No considerar el estado actual y la función futura de las redes eléctricas es hacerse trampas en el solitario cuando la requerida electrificación para una lucha efectiva contra el cambio climático en la hoja de ruta de la transición energética (ecológica) precisa multiplicar del orden de tres la actual capacidad de las redes eléctricas lograda durante un siglo de desarrollo del sistema eléctrico.
El reciente apagón del mes de abril fue un recordatorio de que la transición no es solo cuestión de instalar más megavatios fotovoltaicos o eólicos, sino de garantizar que la electricidad llegue a hogares, industrias y servicios con estabilidad y seguridad. Y ahí radica una de las grandes paradojas actuales: mientras inversores y compañías —incluidas las del sector fósil que se jactan de estar en proceso de acelerada reconversión— concentran sus recursos en generación renovable, el sistema de redes queda relegado a un segundo plano, como si fuese un problema colateral o menor.
Por el contrario, en la mayoría de las comunidades en España, (País Vasco, La Rioja, Navarra, Aragón, Andalucía…) la saturación de la red está próxima al 100% constituyéndose en un impedimento total al despliegue y progresión de la transición energética. Las redes están congestionadas y ya casi no pueden aceptar mas solicitudes de conexiones dificultando la evacuación de la electricidad renovable producida, el despliegue de proyectos basados en electrolizadores (hidrógeno, usos del CO2, economía circular…), sistemas de captura de CO2, llevar a cabo planes de electrificación como ejecución de los planes de mitigación de emisiones declarados en las declaraciones de la huella de carbono, electrificación de la movilidad…..¿dónde y cómo quedan todos los “kpi’s” (objetivos) clamados en los discursos de los responsables de la lucha contra el cambio climático y la transición ecológica? Las redes eléctricas son una infraestructura esencial y prioritaria.
Demasiado ruido
La transición energética requiere de ensayos para ratificar las expectativas y esperanzas depositadas en tecnologías emergentes no probadas todavía suficientemente. Por ello, se multiplican los anuncios de proyectos piloto —startups, prototipos, demostradores— pero que pocas veces llegan a escalar sea una dimensión industrial debido a la falta o a las incertidumbres sobre las infraestructuras eléctricas necesarias. El caso del hidrógeno verde es paradigmático, ya que, más allá del potencial real de esta molécula, buena parte del debate se queda en la promesa, mientras se posterga la construcción de infraestructuras efectivas ¿Se puede hablar en propiedad de proyectos con grandes electrolizadores, superiores a 20MW o incluso 150MW, sin tener un punto de conexión a la red eléctrica que garantice el suministro de esta potencia eléctrica?
La confrontación política y los intereses comerciales añaden ruido y urgencia artificial. Es más fácil vender una “solución milagrosa” de rápida aplicación, o anunciar avances (más bien anuncios casi publicitarios) de los logros que se alcanzarían con las renovables, que explicar a la ciudadanía estrategias de medio y largo plazo que requieren sacrificios: elevadas inversiones, ocupación y afectación en el territorio, cambio de tarifas, , alteraciones, cambios o modificaciones del suministro, posible no abandono de nucleares o fósiles – especialmente gas – o la imposibilidad de garantizar energía abundante y barata a la industria intensiva a bajos costes. El precio eléctrico es hoy uno de los mayores obstáculos para la competitividad industrial en España y en Europa, y el futuro no apunta necesariamente a un abaratamiento.
13.590 millones de euros hasta el final de la década, tal como ha anunciado la Vicepresidenta en estos días (El Periódico de la Energía). Faltaría saber si habrá capacidad de ejecución de la misma si partimos del hecho y el dato que solo en 2024, la inversión de Red Eléctrica alcanzó los 1.104,9 millones, un 34 % más que en 2023, cifra récord, pero todavía insuficiente, lo cual a ese ritmo lejos estará de arribar a las metas propuestas.
Observemos que, en el primer semestre de 2025, la demanda eléctrica española alcanzó 124.901 GWh, un 2,5 % más que en 2024 y solo la fotovoltaica aportó en junio 5.997 GWh, con una cuota del 26 % en el mix. El reto ya no es generar, sino integrar. El problema es que más del 83 % de los nudos eléctricos del país están saturados, lo que impide nuevas conexiones renovables o industriales. Cómo ejemplo, en Murcia, esa saturación afecta a 68 proyectos energéticos por valor de 1.000 millones de euros y más de 900 MW bloqueados. A parte de los proyectos energéticos (electricidad, frio, calor…) hay también que considerar las demandas eléctricas surgidas por nuevas necesidades de la sociedad como los “data centers”, las desaladoras….
Enormes inversiones
La Comisión Europea advierte que, para cumplir los objetivos de 2030, serán necesarios 584.000 millones de euros de inversión en redes a escala continental. Si miramos al largo plazo, entre 2024 y 2050 la UE debería movilizar entre 1,99 y 2,29 billones de euros en infraestructuras eléctricas, tanto de transporte como de distribución. Como recordaba un informe de la Comisión de junio de 2025, “si no se acelera la inversión en redes, los objetivos climáticos y de renovables quedarán fuera de alcance”.
A esta demanda hay que sumar tal como se ha indicado otros factores emergentes ligados a la industria 4.0 y la digitalización de la sociedad que complica aún más el panorama al precisar un crecimiento de los centros de datos y en el uso de la inteligencia artificial. Cada gran instalación de servidores consume tanto como una ciudad mediana, elevando exponencialmente la presión sobre unas redes que ya se encuentran tensadas. Las curvas de demanda se vuelven más complejas, los picos más pronunciados y la planificación mucho más incierta.
La digitalización, que debería aportar eficiencia y racionalidad al sistema, trae consigo una paradoja, aumentando los consumos en un contexto donde la prioridad debería ser la reducción global. Se abre así un debate incómodo sobre qué usos de la electricidad priorizar, qué límites imponer y que prospectivas se deben de contemplar en el futuro consumo de energía eléctrica, claro está de origen no fósil.
En ese contexto hablar de resiliencia es fácil, pero detrás de ese término se esconden decisiones estructurales., de qué y cómo deben planificarse las infraestructuras como las redes eléctricas. La verdadera resiliencia pasa por inversiones masivas en redes de transporte y distribución, en reservas de espacios en la planificación territorial para garantizar estas redes, por modificar planes urbanísticos que permitan integrar infraestructuras, por adaptar los marcos legales a un nuevo sistema descentralizado y por reforzar la capacidad del Estado en la planificación de un bien común como la energía que en las actuales condiciones es tratada como un elemento más del mercado especulativo en el que ninguna compañía invierte a priori en base a una planificación guiada de consumos ni en base a ninguna prospectiva energética considerando los nuevos modelos energéticos.
Mejorar la regulación
Las empresas energéticas implicadas son reactivas y sólo responden a peticiones cuando están se producen y cuando tiene lugar un considerable aumento en el número de solicitudes o bien la reacción es materialmente imposible o bien su tiempo de reacción es tan lento que noquea a los proyectos por falta de rentabilidad.
Y ya no digamos cuando en este tiempo de reacción debe intervenir Red Eléctrica Española de acuerdo a las normativas y reglas de planificación. Las autoridades deben revisar estos procedimientos si realmente se pretende estar alineado con las necesidades de una verdadera transición energética.

