
¿Puede la demanda mundial de energía para IA convertirse en motor financiero que lleve electricidad fiable a comunidades africanas desatendidas? El Emergent Grid Project, puesto en marcha por el Mission 300 Accelerator y financiado por la Fundación Rockefeller a través de RF Catalytic Capital, no consiste en construir grandes centros de datos centralizados, sino una red de pequeñas instalaciones de cómputo modulares, repartidas allí donde ya existe energía renovable disponible, conectadas digitalmente entre sí. «El apetito insaciable de la IA se ve como un problema; en los lugares adecuados, podría ser la solución», resume Andrew Herscowitz, director ejecutivo del Mission 300 Accelerator.
El problema: electricidad que sobra de día y falta de noche
Herscowitz lo ilustra con el caso de Kassirie, una comunidad rural de Sierra Leona que depende de una minirred solar fuertemente subvencionada. Su generación alcanza el máximo al mediodía, cuando el sol pega más fuerte, pero la demanda de los hogares se dispara por la noche, así que buena parte de esa electricidad solar simplemente se pierde sin que nadie la consuma, mientras muchas familias ni siquiera pueden pagar la poca que sí usan. Es un problema común a las minirredes africanas: tienen capacidad para generar más de lo que consumen sus comunidades, pero deben seguir pagando el mantenimiento de toda esa infraestructura, use o no se use.
Nathan Johnson, Arizona State University
Qué gana la comunidad si funciona
El experimento llega en un momento en que Mission 300, la iniciativa del Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo que aspira a conectar a 300 millones de africanos a la electricidad antes de 2030, ya ha beneficiado a más de 50 millones de personas en 40 países, pero empieza a chocar con los límites de financiar esa expansión solo con ayudas y subvenciones. Según Herscowitz, en el África subsahariana 560 millones de personas siguen sin electricidad, y buena parte de las conexiones pendientes tendrán que resolverse con minirredes y sistemas solares domésticos, no con la red eléctrica convencional.
Si el modelo funciona, el beneficio para las comunidades no vendría de un pago directo, sino de una electricidad más fiable y constante: agricultores que podrían refrigerar y procesar cosechas o usar inteligencia artificial para diagnosticar enfermedades en sus cultivos; comerciantes que podrían iluminar sus negocios de noche y gestionar inventario con herramientas digitales. Esa actividad económica adicional, según Herscowitz, elevaría ingresos y crearía empleo en comunidades históricamente excluidas tanto de la energía moderna como de la economía digital.
Las pruebas se evaluarán, con monitoreo independiente, según si la tecnología funciona, si los centros de cómputo generan ingresos suficientes para mejorar la economía de los sistemas energéticos y si las comunidades perciben beneficios reales. «El apetito insaciable de la IA se ve como un problema», repite Herscowitz. «En los lugares adecuados, podría ser la solución».
