
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso esta semana en su discurso sobre el estado de la Unión que Canadá se convierta en el primer «miembro asociado» del bloque. Es un estatus inédito que Bruselas y Ottawa empezarán a perfilar en la cumbre bilateral del 29 y 30 de octubre en Montreal.
Próxima a cuestiones de defensa, inteligencia artificial y materias primas críticas, la energía se perfila como el terreno donde Canadá tiene más que ofrecer, y también donde el acercamiento revela sus mayores contradicciones.
La baza energética
Para Walaa-Eldeen Bakry, profesor de la londinense Westminster Business School, el primer ministro canadiense Mark Carney «no busca desacoplarse» de EEUU, su principal socio comercial, sino diversificar sin romper esa relación.
La cuota de exportaciones canadienses a EEUU ha caído del 75,4% al 71% en el último año, mientras el comercio de bienes y servicios con la UE ha crecido un 16,4%, y el de bienes en particular un 23,5%.
La energía es, según Bakry, la carta más fuerte de Canadá en ese giro. Con las disrupciones en Oriente Medio por la crisis del estrecho de Ormuz y el hueco que deja el gas ruso, Canadá ya ha aumentado sus exportaciones de petróleo a Países Bajos, Alemania y España. La UE, además, negocia inversiones en proyectos de gas natural licuado canadienses, con un acuerdo firmado en julio.
El nudo de las tuberías
Pero el obstáculo para que ese potencial se traduzca en suministro real es más de infraestructura que de recurso. Repsol lo comprobó con Canaport LNG, la planta que construyó en 2009 junto a la canadiense Irving Oil en Saint John, Nuevo Brunswick: la primera terminal de gas natural licuado levantada en Canadá y en toda la costa Este norteamericana en 30 años.
El proyecto nació con un objetivo modesto, importar GNL para abastecer el mercado local canadiense y el noreste de Estados Unidos, justo antes de que el boom del fracking inundara ese mismo mercado de gas barato y dejara la planta sin demanda que cubrir.

